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Suena el teléfono.

LIBRERO: Buenos días.
CLIENTE: Buenos días. Quiero presentar una queja.
LIBRERO: Lo lamento. ¿Cuál es el problema?
CLIENTE: Este libro, El grúfalo, le ha provocado pesadillas a mi hija.
LIBRERO: ¡Vaya!
CLIENTE: ¿Y qué piensa hacer al respecto?
LIBRERO: Bueno, ante todo le diría que nunca he oído nada sobre El grúfalo y las pesadillas infantiles. No es un libro de terror, ciertamente, y estoy seguro de que quien se lo haya recomendado no tenía intención de asustar a su hija. ¿Cuándo compró el libro?
CLIENTE: No lo he comprado en su librería.
LIBRERO: ¿Cómo dice?
CLIENTE: Llamo desde Canadá. He buscado números de librerías en Google para pedirles que dejen de vender el libro inmediatamente.
LIBRERO: Ya veo.
Silencio.

CLIENTE: ¿Entonces retirarán el libro?
LIBRERO: No, me temo que no lo haremos.
CLIENTE: ¿Y por qué no?
LIBRERO: Porque éste es un caso aislado y hay muchos lectores a quienes les ha encantado el libro.
CLIENTE: O sea… ¡Pues vosotros, libreros desalmados, pagaréis las facturas del psiquiatra de mi hija!
LIBRERO: Sólo por curiosidad, ¿cuántas librerías han accedido a su petición?
CLIENTE: No considero que ese dato sea pertinente.

Se corta la llamada.

Cosas raras que se oyen en las librerías

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